
El semblante de la pobreza se mezcla descaradamente con la ostentación por las calles de la ciudad.
Granada, ciudad donde nací, que dejé y más tarde elegí para vivir, está lejos de ser una ciudad industrial. Es una urbe para la contemplación con la canción del agua de las fuentes del Castillo Rojo que la domina. Una ciudad de una dura realidad dónde a muchos no se les permite soñar.
Unanimidad mediática. Las circunstancias de la aparatosa y escalofriante cogida del torero Julio Aparicio, obligan a los más importantes periódicos del país a publicar fotografías durísimas, cargadas de morbo y taxativamente censuradas en medios de comunicación europeos. Imágenes de una violencia extrema se encuentran expuestas a la luz del día en todos los quioscos de prensa del país, donde no sólo los adultos acuden a comprar, sino donde también tiene libre acceso la chiquillada local. Y la pregunta que debemos hacernos es; ¿Qué sedimento deja en la memoria colectiva este festivo terror? ¿Qué conmoción interior se desencadena en el alma de los niños ante estas imágenes terribles? No estaremos, una vez más, banalizando la violencia y abonando un terreno movedizo y peligroso. Sin duda, estamos en un mundo donde el negocio manda, donde la prudencia, las cuestiones morales y el bienestar social pasan a un segundo plano. El sensacionalismo puro y duro y el morbo se compran y se venden.
Han travestido a este pobre granadino en su despedida de soltero, que se obstina en desafiar al ridículo. Estos excesos le serán vetados durante el matrimonio. Ha tenido que pegarse algunos tragos antes de atreverse a transitar las calles con ese atuendo, llamando la atención de autóctonos y foráneos.
Para llamar al portón del pasado se necesita un poco de imaginación y nada más. La historia, no sólo se palpa con la punta de los dedos en la Granada del siglo XXI, te invade la mirada a cada paso que das.